miércoles, 17 de marzo de 2010

Así fue mi amante

I.

Sus manos pequeñas

Sus ojos penetrantes,

Que hablaban y chillaban a la vez

Sus pies, perfectos, casi diminutos.

Ella era así:

pequeña

sencilla

queriendo pasar por inadvertida

Sus manos pequeñas

Corazón grande

Lucho como gigante

Por los suyos y por su amante.

La enfermedad la invadía;

Desde adentro la corrompía.

Dolores inmensos, sudores fríos,

Pero ella luchó, como gigante.

Le dio la cara y nunca la espalda,

Diminuta, pequeña, casi sin vida.

Yo la vi luchar,

Cuerpo a cuerpo, frente a la muerte

Como soldado, cada día.

La honro,

y como cristiano la respeto,

Porque no he visto nunca,

Luchar en le campo de batalla,

Con tanta bravura y coraje.

Ella abrazó a Cristo; Él fue su espada,

Y gritando ella alabanzas,

La vi luchar contra la muerte cara a cara,

Sin darle la espalda

II

Pequeñita y casi sin vida,

Aquella noche lugrebre de febrero,

La vi coger su espada,

Y marachar conta el enemigo.

Luchó con bravura

Como lo hacen los elegidos

Y herida de muerte,

Nos dio su testimonio de vida.

Gloria Luisa duró una semana,

Mal herida y casi sin vida.

Dejó que los que la querían

Fueron llegando a su despedida.

Pequeñita y casi sin vida

Se despidió de su amante.

Abriendo los ojos, y esbozando una sonrisa

Ella venció a la muerte,

Como lo hizo cada día,

Y con su espada en la mano,

Se despidió de la vida.

III

Dicen que no queda nada,

Que cuando te marchas ,todo acaba.

Dicen que sólo es energía

Que se trasforma y no muere.

Dicen tantas mentiras,

Porque no conocieron a Gloria Luisa,

Aquel ser tan diminuto,

Que luchó contra la muerte,

Y ganó la vida.

Yo se donde estás, pequeña mía

Y al lado de quien estás, mi vida,

Porque yo soy el ejemplo de tu fe,

De la lucha que cada día

Libraste tú al maligno

Gloria Luisa,

Como soldado, te honrro,

Como cristiano, te admiro,

Y como hombre, te echo de menos.

En nuestro lecho de amor cada día,

Seguiria yo por días,

Alabando tu victoria,

Pero ya sólo me queda

Despedirme, vida mía.

Tu espada ,la llevo al cinto,

Porque la cogí de tus manos, aún calientes aquel dia.

Tu testimonio de vida lo llevo en el corazón,

Y a ti, te recuerdio, cada segundo de vida.

Tú ganaste la batalla,

Y nosotros perdimos.

Ella era así, pequeña y sencilla.

Y pasaba inadvertida.

Y yo grito al cielo,

Descansa en paz, mi vida.


el último samurai

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