I.
Sus manos pequeñas
Sus ojos penetrantes,
Que hablaban y chillaban a la vez
Sus pies, perfectos, casi diminutos.
Ella era así:
pequeña
sencilla
queriendo pasar por inadvertida
Sus manos pequeñas
Corazón grande
Lucho como gigante
Por los suyos y por su amante.
La enfermedad la invadía;
Desde adentro la corrompía.
Dolores inmensos, sudores fríos,
Pero ella luchó, como gigante.
Le dio la cara y nunca la espalda,
Diminuta, pequeña, casi sin vida.
Yo la vi luchar,
Cuerpo a cuerpo, frente a la muerte
Como soldado, cada día.
La honro,
y como cristiano la respeto,
Porque no he visto nunca,
Luchar en le campo de batalla,
Con tanta bravura y coraje.
Ella abrazó a Cristo; Él fue su espada,
Y gritando ella alabanzas,
La vi luchar contra la muerte cara a cara,
Sin darle la espalda
II
Pequeñita y casi sin vida,
Aquella noche lugrebre de febrero,
La vi coger su espada,
Y marachar conta el enemigo.
Luchó con bravura
Como lo hacen los elegidos
Y herida de muerte,
Nos dio su testimonio de vida.
Gloria Luisa duró una semana,
Mal herida y casi sin vida.
Dejó que los que la querían
Fueron llegando a su despedida.
Pequeñita y casi sin vida
Se despidió de su amante.
Abriendo los ojos, y esbozando una sonrisa
Ella venció a la muerte,
Como lo hizo cada día,
Y con su espada en la mano,
Se despidió de la vida.
III
Dicen que no queda nada,
Que cuando te marchas ,todo acaba.
Dicen que sólo es energía
Que se trasforma y no muere.
Dicen tantas mentiras,
Porque no conocieron a Gloria Luisa,
Aquel ser tan diminuto,
Que luchó contra la muerte,
Y ganó la vida.
Yo se donde estás, pequeña mía
Y al lado de quien estás, mi vida,
Porque yo soy el ejemplo de tu fe,
De la lucha que cada día
Libraste tú al maligno
Gloria Luisa,
Como soldado, te honrro,
Como cristiano, te admiro,
Y como hombre, te echo de menos.
En nuestro lecho de amor cada día,
Seguiria yo por días,
Alabando tu victoria,
Pero ya sólo me queda
Despedirme, vida mía.
Tu espada ,la llevo al cinto,
Porque la cogí de tus manos, aún calientes aquel dia.
Tu testimonio de vida lo llevo en el corazón,
Y a ti, te recuerdio, cada segundo de vida.
Tú ganaste la batalla,
Y nosotros perdimos.
Ella era así, pequeña y sencilla.
Y pasaba inadvertida.
Y yo grito al cielo,
Descansa en paz, mi vida.
el último samurai
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